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(IVÁN): LOS TRES ALTOS SACRIFICIOS DE TODO ISRAEL, PARA NUESTRO PADRE CELESTIAL:From: IVANIVAN555@aol.com (valarezo) Sábado, 25 de julio, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) (Felices Fiestas a todo Guayaquil. Éste libro es para ti, para que se gocen cada día nuestras familias eternas, leyendo de las verdades infinitas de nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, para ser por siempre llenos de su Espíritu Santo de sus mandamientos, grandemente obedecidos y glorificados en la sangre bendita del pacto eterno de paz, amor, verdad y de justicia sin igual. Felices Fiestas Guayaquileñas a todos.) LOS TRES ALTOS SACRIFICIOS DE TODO ISRAEL, PARA NUESTRO PADRE CELESTIAL: Moisés y Aarón se acercaron al Faraón egipcio y le revelaron, asegurándole: nuestro Padre celestial nos ha hablado, el Dios de los hebreos está con nosotros, y quiere que vayamos por tres días de camino, por el desierto a ofrecerle a Él "sacrificios", no sea que nos castigue por pecar con pestes y con espadas, si no lo hacemos así. Nuestro Padre celestial es todopoderoso, y «tiene que ser honrado con sus sacrificios santos y eternos», para satisfacer grandemente su voluntad santa y eterna en todos nosotros, en la tierra y en la eternidad. Por ello, nosotros no podemos quedarnos en la tierra de Gosén ni por un día más, porque el tiempo del cumplimiento de la palabra de nuestro Padre celestial hacia nuestros antepasados ha llegado a su día y a su hora: por eso tenemos que salir a ofrecerle sacrificios de sangre expiatoria a Él y a su nombre muy santo. Además, nuestro Padre celestial es un Dios santísimo y "sólo puede ser complacido con sus sacrificios de sangre escogida por él mismo" y sobre su altar eterno, en la misma tierra que él ha destinado para nosotros servirle a él grandemente y "sólo en su gran obra misteriosa" y eterna; de otra manera, no se le puede servir a él jamás. Porque para nuestro Padre celestial «sin el derramamiento de sangre no hay remisión de pecados posible», en la tierra ni menos en el más allá, eternamente y para siempre. Y "la sangre qué nuestro Padre celestial busca cada día entre todos nosotros", no se encuentra entre tu gente egipcia ni entre ninguna nación más de toda la tierra, sino solamente en los descendientes de nuestro Padre Abraham y su hijo Isaac, para perdón y bendiciones sin fin de Israel y de las naciones -- le aseguraba Moisés al Faraón egipcio--. Pues, «ésta es la misma sangre que nuestro Padre celestial le pedía a Abraham en su hijo Isaac, su único hijo», por el cual había esperado muchos años para que llegara a él, y el cual tuvo que llevar al Moriah para sacrificarlo al SEÑOR, sobre su holocausto profético y eterno del fin del pecado y el comienzo de la vida eterna. Pues, en este día, en vez de sacrificar a su hijo Isaac, se encontró con un becerro trabado con las ramas, de los árboles sin vida de Adán y Eva sobre el Moriah, para derramar su sangre y cubrir su pecado original del paraíso y así dejarlos infinitamente limpios y listos, para recibir posteriormente el verdadero sacrificio eterno del paraíso. En aquel sacrificio, Abraham sacrificó el becerro trabado en las ramas de los árboles secos de Adán y Eva y lo quemó con sus mismos palos y ramas sobre todo lo alto del Moriah, para abrirle así paso a la llegada del Hijo de Dios al mundo, el Hijo de David, ¡el Cristo! Y los dos jóvenes, que acompañaban a Abraham y a Isaac su hijo, miraban desde lejos el fuego y el humo, como testigos fieles y verdaderos de lo que estaba haciendo Abraham sobre todo lo alto del Moriah, así como Jesucristo tendría sus dos testigos con él en su Holocausto eterno, para fin del pecado del paraíso de Adán y Eva. Y es, precisamente, ésta misma sangre libertadora, por la cual nuestro Padre celestial está entre nosotros, hoy en día, buscándola para llevarla a la tierra prometida, prometida inicialmente a los padres de los hebreos, camino a tres días en el desierto, para derramarla sobre toda ella y sus habitantes y así llenarlo todo de bendición y de salud sin fin, infinitamente. Además, ésta sangre santa del Dios de los hebreos tiene que salir con ellos de Egipto con toda su gente y sus animales, para ofrendarla sobre todo lo alto del monte santo del SEÑOR, en la misma tierra escogida por él mismo, desde la fundación del cielo y la tierra, para llevar acabo ésta gran obra inmortal para bien de todos. Porque si la sangre del sacrificio eterno estuviera entre las familias egipcias o de cualquier otra nación que no sea Israel, entonces ya hace mucho tiempo que hubiésemos sacrificado su cordero escogido por él mismo, para que sea derramada su sangre para remisión de pecados y salvación de todo hombre, mujer, niño y niña de Israel y de la humanidad entera. Pero ésta sangre muy santa sólo se encuentra entre los hebreos, los hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob, por lo tanto, tenemos que salir de nuestra vida egipcia para ir camino a tres días por el desierto a una tierra gloriosa y derramarla allí, de una vez por todas y para siempre, sobre el altar santo del SEÑOR. Y, además, éste es un lugar muy glorioso, escogido primordialmente por nuestro Padre celestial y por su Espíritu Santo, para llevar a cabo el sacrificio eterno de Israel y de la humanidad entera, para cumplir con toda justicia y así por fin alcanzar una vida eterna para todos, jamás vivida en el cielo ni menos en toda la tierra. Pero entonces, el Faraón egipcio no creyó a las palabras de Moisés, porque nuestro Padre celestial había decidido «endurecer su corazón para con los hebreos y para con su sacrificio eterno de sangre santa y de infinita reparación» para el corazón, el alma, la mente, el cuerpo y el espíritu humano de cada hombre de la humanidad entera. Y nuestro Padre celestial lo hizo así con todo Egipto no sólo porque quería manifestar los milagros, maravillas y prodigios increíbles de su nombre santo en la tierra y el cielo, sino también para castigarlos por los muchos pecados que habían cometido en contra de su ungido, Jesucristo, quien había vivido entre los hebreos por algunos siglos como su sumo sacerdote. Es decir, que nadie que agravie a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y su sangre santísima para perdón de todo pecado y para bendición eterna del corazón, alma, cuerpo, vida y espíritu humano de todo hombre, mujer, niño y niña de Israel y de la humanidad entera, nuestro Padre celestial no lo puede dejar sin castigo nunca. Porque todo aquel que maltrata a su Hijo amado, entonces no solamente está maltratando su vida santísima sino también su sangre y la resurrección gloriosa y sumamente honrada de todos los demás: por eso, nuestro Padre celestial tenia que sacar la sangre de su Hijo Jesucristo de Egipto, para que no empeoraran las cosas para los egipcios ni para nadie más. En otras palabras, nuestro Padre celestial decidió sacar a su Hijo amado de Egipto, porque tuvo gran misericordia de los egipcios y así no murieran para siempre en sus pecados, los cuales estaban cometiendo injustamente en contra de la sangre bendita del Holocausto eterno de todo Israel y de las naciones de la humanidad entera, de todos los tiempos. Y éste abuso cruel en contra de su Hijo Jesucristo, nuestro Padre celestial no se lo iba a tolerar ni por un sólo momento más a Satanás ni a ninguno de sus seguidores malvados, haciendo de las suyas como siempre, en todo Egipto y en contra de Israel y de sus promesas santas de vida y felicidad infinita para todos. Ciertamente que nuestro Padre celestial no quiso jamás que Egipto muriese, por pecar en contra de la vida sagrada y del Holocausto eterno de su Hijo Jesucristo, por eso libera a Israel de sus tierras y con la misma sangre santa y todopoderosa de su Cordero eterno, nuestro Salvador Jesucristo, para que siga viviendo al lado de su nación eterna, Israel. Es decir, que como iban las cosas en Egipto y la muerte constante de los varones hebreos cada vez que salían del vientre de sus madres, entonces nuestro Padre celestial perfectamente podía maldecir a todo Egipto y dejarlo sin vida y sin salvación para siempre; pero la misericordia que nuestro Padre celestial sentía por todo Israel también se manifestó para ellos grandemente. Y toda la gloria de Egipto se vino abajo precipitadamente, no porque nuestro Padre celestial los haya maldecido, de una manera u otra, sino fue porque Israel salió de ellos con su Holocausto de sangre milagrosa y salvadora de su Hijo Jesucristo, para entrar a la tierra prometida, y así jamás volver a su vida antigua del pasado egipcio. En otras palabras, todo Egipto se volvió grande, la mayor y poderosa de todas las naciones de la tierra, fue, realmente, porque la sangre bendita, salvadora y resucitadora de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad vivía entre ellos, gracias a los hebreos y a su hermano antiguo, Jesucristo, el Holocausto salvador y la resurrección perfecta para vida eterna. Pero cuando nuestro Padre celestial sacó a los hebreos de su cautividad egipcia, entonces las muchas bendiciones y salvación sobrenatural para una resurrección perfecta del espíritu humano de la humanidad entera se fue con ellos a vivir y servirle al SEÑOR, alrededor de su Holocausto y resurrección sobrenatural de todos, por eso, Egipto se debilito y perdió su supremacía entre las naciones. Después de nuestro Señor Jesucristo haber cumplido con el Plan salvador de nuestro Padre celestial para con todo Israel, entonces lo mismo le sucedió a Israel: porque nuestro Señor Jesucristo así como vino se fue, sin que los lideres hebreos lo recibiesen, a no ser un remanente que se salvó para resucitar con Jesucristo en el día de la resurrección. Cuando nuestro Señor Jesucristo abandonó Israel para regresar al Padre celestial con todas las victorias sobrenaturales, en contra de Satanás y de sus mentiras malvadas, entonces todo Israel dejó de ser nación, asimismo como Egipto en el principio de todo; pero ahora Israel ha vuelto a ser nación, gracias a los verdaderos creyentes y porque Jesucristo regresa a su tierra nuevamente. Es decir, también que si los creyentes no existieran en toda la tierra, ni Jesucristo se estuviera acercando cada vez más a Israel como en los días de la antigüedad, por ejemplo, entonces Israel no sólo no hubiese vuelto a ser nación jamás, sino que ninguna de sus tribus existiría en nuestros días en toda la tierra, de modo definitivo. Porque la verdad es que sólo por la sangre bendita de su Cordero escogido es que nuestro Padre celestial puede tener comunión y armonía eterna, para bendición y salvación, para con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, empezando con las familias de todo Israel, por ejemplo. Por deducción, sin el derramamiento de sangre santa y salvadora de su árbol de la vida eterna, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, entonces no hay comunión ni armonía alguna para con los hombres de toda la tierra, y así también en el paraíso y en todo su reino angelical para siempre. Entonces nuestro Padre celestial necesitaba sacar a Israel de Egipto, para que vaya ya a levantar sus sacrificios delante de su presencia santa tres días de camino por el desierto y hasta situarse en su nueva tierra prometida a sus antepasados, la cual fluye leche y miel cada día del cuerpo y de la sangre bendita del Holocausto de grato olor. Por ello, nuestro Señor Jesucristo estaba siempre con todas las familias hebreas durante su cautiverio de más de cuatrocientos años, en su calidad de intercesor, como sumo sacerdote, Cordero santo y escogido por Dios mismo, para que sea su sangre milagrosa la que no solamente los liberé de su cautiverio egipcio, sino que también los llevé a su hogar eterno. Porque sólo nuestro Señor Jesucristo sabía de la tierra prometida, en donde iba a nacer como un varón de Dios del vientre virgen de la hija de David, para darle a Israel y a la humanidad entera esa vida santísima del cielo con sus huesos inquebrantables, carne santa y sangre milagrosa de perdón, salvación, salud y de bendiciones sin fin. Pero nuestro Señor Jesucristo, aunque vivía con todos los hebreos a través de los siglos, no sabía el día ni la hora en cuando nuestro Padre celestial le iba a permitir a él sacar a Israel de su cautiverio egipcio, para introducirlo en el desierto y darles la tierra prometida, prometida inicialmente a sus padres. En verdad, ni aun el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos y sus ángeles fieles sabían del día y la hora en cuando nuestro Padre celestial le iba a permitir a su Hijo Jesucristo que subiese con su sangre santa sobre todo lo alto del Sinaí, para ser visto por Moisés y así empezar la liberación de todo Israel. Pero cuando llegó el día y la hora, entonces nuestro Padre celestial le responde grandemente a las oraciones de su Hijo Jesucristo para liberar a Israel, y sin más esperar nuestro Señor Jesucristo subió al Sinaí, para ser visto por Moisés y así enviarlo con su mensaje de salvación a todo Israel y al Faraón egipcio al mismo tiempo. Aquí, nuestro Padre celestial empieza a liberar no sólo a Israel de su cautiverio sino también a todo Egipto, para que no entrase en pecados mayores no solamente en contra del Holocausto eterno y de sangre bendita, sino también en contra del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, los cuales harían grandes cosas en el tercer día por la humanidad entera. Y como el Faraón egipcio se negaba a dejarlos ir libres de la tierra de Gosén, para salir al desierto y entrar finalmente a su tierra cananea, Israel conocido de siempre, entonces nuestro Señor Jesucristo con su nombre muy santo y milagroso comenzó a hacer maravillas y milagros increíbles, delante de todos ellos. Aquí, nuestro Señor Jesucristo, con el permiso de nuestro Padre celestial, comenzó a hacer grandes obras delante de los hebreos y de los egipcios, para que entendiesen por fin de que todo éste asunto era de parte de Dios y no del hombre, para que salga Israel de su cautiverio y tomado de la mano del Rey Mesías hacia la tierra eterna. Además, como el Faraón egipcio no quería aceptar la palabra de nuestro Padre celestial, por medio de Moisés y de Aarón, por ejemplo, entonces soberanamente nuestro Padre celestial se encontró obligado a dejar suelto al ángel de la muerte, para que les dé muerte a cada uno de sus primogénitos. Y esto seria de darles muerte inmediata no sólo a los primogénitos de los incrédulos egipcios, sino también de los que no creyesen a su palabra, y esto incluía a los hebreos que dudaban a Moisés y a su mensaje de liberación, departe de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo sobre todo lo alto del Sinaí, por ejemplo. Y como el Faraón egipcio no creía a la palabra del Señor Jesucristo ni a las señales y milagros increíbles de su nombre santo, de la mano y de la boca de Moisés, entonces nuestro Padre celestial permitió inmediatamente al ángel de la muerte que matase a los primogénitos de Egipto y hasta de las primicias de sus animales también. En aquella noche el ángel de la muerte mató a tantos egipcios y de las primicias de sus animales también, que los egipcios se levantaron a llorar a sus muertos, sin que hubiese nadie que los consolase de su gran dolor, en el cielo ni menos en toda la tierra. Mientras en Gosén, los hebreos habían obedecido fielmente al llamado de su sumo sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, ha salpicar con su sangre santa los linteles de todas las puertas de sus hogares, para que el ángel de la muerte cuando viera su sangre redentora, entonces no les hiciera ningún mal a ninguno de ellos ni aun a sus animales. La sangre del Cordero escogido por nuestro Padre celestial, desde la fundación del cielo y la tierra, había hecho su gran obra del Holocausto eterno sobre todos los primogénitos hebreos y hasta de sus animales también, para que ninguno de ellos muriese en aquella noche de juicio divino, sino que saliesen bien librados hacia la tierra prometida a sus antepasados inicialmente. En este día, los hebreos y así también los egipcios vieron el poder sobrenatural de la sangre santísima del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo entero, y sólo cuando se lo obedece/invoca para perdón, salud y salvación infinita del alma viviente del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de toda la tierra. En este día, todos vieron como la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo, la misma sangre gloriosa que le fue ofrecida a Adán y Eva en el paraíso y la que posteriormente se derramaría sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, había librado de la muerte a todos los hebreos e incluyendo a sus animales también. En esta noche, la misma sangre entregada inicialmente a Abraham, Isaac y a Jacob que había vivido entre los hebreos por algunos siglos, entonces se manifestó con grandes milagros, maravillas y de salvación para todo Israel, para que el Faraón los dejara ir libres por fin a la tierra del Holocausto de sangre y de salvación eterna del Gran Rey Mesías. Después de tantos milagros y grandes maravillas manifestadas en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, para gloria y honra de nuestro Padre celestial, entonces el Faraón egipcio no tuvo más que hacer sino contar sus muertos y, al fin, dejar ir a Israel por el camino que ya nuestro Padre celestial había trazado divinamente, camino directo a la tierra prometida. En donde, finalmente, todo Israel levantaría los sacrificios sangrientos de nuestro Padre celestial, por los cuales la tierra y así también Adán, Eva, Abraham, Isaac, Jacob y millares más habían esperado por siglos, para que se lleve acabo en su día y en su hora, cumpliendo así con toda verdad y justicia delante de nuestro Padre celestial y de sus ángeles. Pues, en este día el pecado habrá llegado a su fin eterno, para abrir las nuevas puertas de la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo, en donde nuestro Padre celestial podría vivir felizmente con cada hombre, mujer, niño y niña sin ofensa del pecado hacia el Espíritu Santo, de Sus Diez Mandamientos glorificados Pero antes que todo esto sucediese, los hebreos tenían que primeramente ser bautizados en el mar Rojo, sin duda alguna, para poder recibir la verdad y la justicia infinita del Espíritu Santo de la vida gloriosa de su Hijo amado, el sublime Holocausto sangriento, perdonador, sanador y libertador, en sus corazones eternos, el Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Dado que, sin el bautismo de agua en el mar Rojo, entonces nuestro Padre celestial no los podía liberar de sus vidas antiguas y muertas, ni mucho menos los podía limpiar de sus impurezas en el primer y segundo día, para que en el tercer día darles el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos escritos con su propio dedo. En vista de que, con el Espíritu Santo de los Diez Mandamientos es que no solamente ellos iban a conocer la nueva vida santa del reino angelical, sino que también iban a conocer meticulosamente la verdadera vida santísima de su Gran Rey Mesías, por el cual habían esperados muchos años así como sus antepasados, por ejemplo, Abraham, Isaac y Jacob. Porque éste es el Espíritu Santo de la nueva vida eterna, sin duda, por la cual nuestro Padre celestial los libera de Egipto grandemente, para que entren a la tierra prometida: en donde todos iban a vivir sus nuevas vidas, pero saturadas enormemente por la santidad, pureza, perfección de la carne santa y de la sangre bendita y salvadora de Jesucristo. Entonces los hebreos no solamente tomaron de las manos de Moisés las dos tablas de Los Diez Mandamientos en su día, sino que también recibieron departe de nuestro Padre celestial levantarle los sacrificios delante de su presencia santa sobre el monte santo de Jerusalén, para fin del pecado y el comienzo de la flamante vida resucitada en el tercer día. Pero lo que no sabían los hebreos era que no podían ya más levantarle los sacrificios escogidos de nuestro Padre celestial sobre el monte santo de Jerusalén, sino que sus hijos lo harían en su día, porque habían pecado grandemente delante de su presencia santísima al doblar sus rodillas y darle de su gloria a un becerro fundido en oro. A todos los hebreos que salieron de la cautividad egipcia, y que habían visto las maravillas y milagros increíbles del nombre santo de su Hijo amado, nuestro Padre celestial no los quería volver a ver más delante de su presencia santa, ni mucho menos que entrasen en la tierra prometida con Moisés y con sus rebeliones pasadas del Sinaí y del desierto. Y nuestro Padre celestial no quiso terminantemente que ninguno de ellos entrase a la tierra prometida de Israel con Moisés, porque no solamente habían fundido un becerro en oro en las faldas del Sinaí, cuando el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos descendía a ellos, sino que estaban contaminados terriblemente con éste mismo sacrificio abominable en sus corazones rebeldes. Por lo tanto, nuestro Padre celestial no quería que entrasen en su tierra santa, y escogida por él mismo desde mucho antes de la fundación del cielo y la tierra, porque en ella no se ha hecho jamás ningún pecado similar a éste, delante de su presencia gloriosa; desde entonces, nuestro Padre celestial quiere a Israel libre de éste pecado abominable. Por eso, ningún ídolo debía/podrá jamás entrar a la tierra de Israel, para que la ira de nuestro Padre celestial, la cual se manifestó peligrosamente en las faldas del Sinaí en el día que se fundió un becerro de oro en lugar del Cordero escogido de Dios, pues entonces no vuelva ni por un momento más a Israel, para condenarlo. Consecuentemente, los ídolos e imágenes del vaticano son muerte de parte de Satanás no sólo para todo Israel, sino también para cada una de las familias de las naciones del mundo entero; porque si nuestro Padre celestial no perdonó a Israel con su ídolo de oro, pues tampoco te perdonara a ti con los ídolos del vaticano, si no te arrepientes. Además, nuestro Padre celestial había escogido a estas tierras eternas, para llevar a cabo exclusivamente su gran sacrificio asombroso sobre la cima santa de Jerusalén, para fin del pecado con el derramamiento de la sangre santísima, y la última oración inmortal de su Hijo Jesucristo por todo Israel, ¡el Cordero de Dios que salió de Egipto, para olvidar el pecado de todos! Y la última oración inolvidable que nuestro Señor Jesucristo hizo sobre la cruz, y entre sus dos testigos personales y eternos, antes de entregar su alma a nuestro Padre celestial, en el momento de su muerte, fue, sin duda alguna: ¡Padre amado! ¡Perdónalos, porque no saben lo que hacen! Y en su último suspiro de vida israelí dijo abiertamente también: ¡Consumado es! (Aquí se cumplió al pie de la letra las Escrituras de los profetas y de los salmos, para fin del pecado y para gloria y honra infinita de nuestro Padre celestial.) Por lo tanto, sólo el sacrificio supremo de su Hijo Jesucristo, nuestro Padre celestial quería ver en todo Israel y más no el recuerdo en los corazones rebeldes del sacrificio fundido en oro de los primeros hebreos; por eso, nuestro Padre celestial los dejó postrados alrededor de su sacrificio fundido en oro, en los alrededores de las faldas del Sinaí. Pero los sacrificios que nuestro Padre celestial quería ver al fin, simplemente eran los dos criminales clavados sobre sus árboles sin vida sobre todo lo alto del monte santo de Jerusalén, con su Hijo Jesucristo en medio de ellos, muriendo por todo Israel y la humanidad entera para resucitar en el tercer día con la vida eterna de todos. Y esto seria clásicamente nuestro Señor Jesucristo clavado a los árboles cruzados de Adán y Eva, tal cual como debieron ser clavados inicialmente a la vida gloriosa y sumamente santa de nuestro Padre celestial en el paraíso, sangrando sobrenaturalmente el Espíritu Santo de vida de Los Diez Mandamientos, infinitamente obedecidos y glorificados en su espíritu humano para fin de todo pecado. Y sólo con estos altos sacrificios, de los tres hebreos clavados a sus cruces sobre el monte santo de Jerusalén, en las afueras de Jerusalén, en Israel, entonces nuestro Padre celestial podía vivir infinitamente satisfecho en toda su verdad, santidad y justicia infinita del Espíritu Santo de sus mandamientos, para empezar entonces la vida eterna de la humanidad entera. Además, nuestro Padre celestial hizo que dos hebreos sean crucificados juntos con su Hijo Jesucristo sobre el monte santo de Jerusalén, para que sean testigos fieles de todo lo sucedido en su crucifixión santísima, en la tierra para Israel y en el cielo para los ángeles, porque escrito está en su Ley: Todo testimonio de dos testigos o tres es valido. Entonces estos dos testigos que fueron crucificados juntos con nuestro Señor Jesucristo sobre el monte santo de Jerusalén, verdaderamente vieron paso a paso todo lo que le sucedió injustamente a nuestro Señor Jesucristo, en las manos crueles de sus verdugos en la tierra con los pecadores y en el corazón de la tierra con el ángel de la muerte. Pues estos dos testigos son los testigos fieles delante de nuestro Padre celestial y de Israel junto con la humanidad entera, de que en el día que nuestro Señor Jesucristo fue crucificado por los pecadores, entonces en el tercer día no solamente lo vieron vencer la muerte, sino que lo vieron resucitar junto con ellos mismos, para entrar al paraíso victorioso. Por lo tanto, estos son los tres sacrificios escogidos delante de la presencia santa de nuestro Padre celestial y del Espíritu Santo de sus mandamientos con su Hijo amado clavado y sangrando sobre los árboles sin vida de Adán y Eva junto con sus dos hermanos hebreos flanqueándolo, por los cuales nuestro Padre celestial saca a Israel de Egipto para consumarlo. Es decir, que para estos tres sacrificios nuestro Padre celestial liberó a los hebreos antiguos con la misma sangre santísima de su Jesucristo, como su sumo sacerdote, su Cordero escogido y Mesías Salvador de sus almas vivientes, para que al fin sea crucificado entre los dos criminales, para levantarse victoriosamente en el tercer día con una nueva vida infinita para todos. Porque mayor sacrificio de estos y de sangre humana pecadora junta con la sangre santísima de su Hijo Jesucristo, sobre los cuerpos sin sangre y sin vida de Adán y Eva, entonces no hay mayores en el cielo ni en la tierra, no sólo para fin del pecado sino para el comienzo de la vida gloriosa de La Nueva Jerusalén celestial. Por lo tanto, sólo por éste sacrificio santo y glorioso y entre sus dos semejantes hebreos suspendidos con clavos, como Él mismo, y en medio de ellos, entregándoles su sangre santísima, para fin de sus pecados y el comienzo de una nueva vida eterna no sólo para todo Israel sino también para las naciones del mundo entero, sin duda alguna. Por esta razón, el Espíritu Santo del evangelio eterno del amor antiguo y santísimo de nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, no solo empezó predicándose entre todo Israel, como en la antigüedad por sus profetas, sino también que se lanzó sobre todas las naciones, para erradicar a Satanás y a sus mentiras para siempre de toda la tierra. Y sólo alrededor de éste sacrificio santo y glorioso de nuestro Señor Jesucristo sangrando mortalmente sobre los árboles sin sangre y sin vida de Adán y Eva y entre sus semejantes criminales, pecadores, condenados a morir, nuestro Padre celestial llama constantemente a todo Israel a servirle a él, en su espíritu y en su verdad infinita de su Espíritu Santo. Entonces el sacrificio de fundición de oro del cordero del Sinaí tenia que quedarse fuera de Israel, para los muertos, para el vaticano y sus idólatras, y más no para los que viven infinitamente y le sirven a Él, como su Dios y Fundador de sus nuevas vidas eternas, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. En otras palabras, sólo por éste sacrificio de la sangre santa de su hermano antiguo, Jesucristo, nuestro Padre celestial llama a todo Israel de todos los tiempos a servirle a él, en su espíritu y en su verdad infinita, para fin de la vida pecadora y el comienzo de su nueva vida eterna, ¡llena del árbol de la vida del cielo! Y si le obedecen a Él cada día, alrededor de éste sacrificio santísimo, el cual comenzó en Egipto mismo con Moisés y sobre todo lo alto del Sinaí, como el que posteriormente se llevó a cabo sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, entonces ellos serán sus hijos y su especial tesoro de su corazón santísimo, para la eternidad entera. Y esto seria, en realidad, una nación de reyes y de sacerdotes para glorificación y santidad infinita de su nombre muy santo, entre todas las naciones de la humanidad entera, en los cielos y en la tierra, para jamás volverse a separar de él, en su nuevo camino a la vida eterna de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Además, ésta es una vida sumamente santa y antigua, la cual está llena de milagros, maravillas y de señales increíbles en los cielos y en la tierra, para no solamente glorificar y honrar su nombre santísimo por siempre, sino también para darle vida, salud y prosperidad al que no las tiene en toda tierra, para fin de Satanás y sus mentiras. Porque con el fin de Satanás y sus mentiras, las cuales comenzaron en la vida de Eva y luego de Adán y sus retoños en el paraíso, entonces nuestro Señor Jesucristo reinaría grandemente en nuestras vidas terrenales y celestiales, para que todas las enfermedades llenas de mentiras salgan de nuestras vidas, para jamás volver a ninguno de nosotros, para siempre. Visto que, son las mentiras de Satanás las que nos mantienes en problemas y terribles enfermedades de nuestros cuerpos y de nuestras tierras, para finalmente caer muertos en el fuego eterno del infierno, porque el sacrificio supremo de nuestro Señor Jesucristo no reina en nuestras vidas, como Dios llamó a todo Israel a honrarlo infinitamente, y esto es inicialmente desde Egipto. Por lo tanto, para que las mentiras y maldades increíbles abandonen la tierra junto con su padre Satanás y sus malvados clásicos, entonces Israel tiene que servirle a su Dios y Fundador de su nueva vida, llena de paz, amor, gozo y de felicidades increíbles, en la tierra y en el paraíso: «pero sólo alrededor del sacrificio supremo de su hermano Jesucristo». El Hijo de David, quien no solamente vivió junto con ellos su cautiverio de siglos como su sumo sacerdote en silencio y como su Cordero del escape egipcio por el poder sobrenatural de su nombre santo y de su sangre salvadora, sino que al fin los liberó grandemente de sus vidas antiguas para concebir su sacrifico eterno delante de Dios, en Israel. Entonces si no le sirven constantemente alrededor de éste sacrificio supremo de su hermano Jesucristo, quien resucitó por ellos en el tercer día, como Dios manda, desde la fundación del cielo y la tierra, y desde su escape de Egipto, entonces seguirán sufriendo los embates de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, y todo esto para mal eterno. Porque mientras todo Israel se mantenga alejado de la verdad y de la justicia infinita del Holocausto de sangre santificadora de su hermano Jesucristo, entonces permanecerán desprotegidos, y Satanás seguirá atacándolos con sus mentiras y maldades de siempre y hasta que termine con ellos en todos los lugares de la tierra y hasta en el más allá también, de seguro. Pero si hacen del sacrificio supremo de la sangre bendita de su hermano Jesucristo, quien murió por amor a sus hermanos y entre dos de ellos mismos clavados también a sus cruces sobre el monte santo de Jerusalén, entonces serán restituidos a cada una de sus bendiciones sin fin, dada a ellos por nuestro Padre celestial, para que sean felices infinitamente. Ya que, vivir cada día alrededor del sacrificio supremo de su hermano Jesucristo y de su resurrección gloriosa en el tercer día, en verdad, no solamente es la consumación total de la voluntad santa de nuestro Padre celestial para con ellos, por la cual los liberó inicialmente de Egipto, sino que es la liberación eterna de todas las mentiras de Satanás. Porque son las mentiras de Satanás, no solamente como las que descendieron con Adán y Eva a la tierra en el día que salieron del paraíso, sino que también son las mentiras crueles con las que Satanás los llenó grandemente cuando fundieron en oro un becerro abominable, llamándolo su libertador, ofendiendo así a nuestro Padre celestial y a su Jesucristo. Entonces son estas mentiras terribles de los hebreos creyeron cuando se sentaron al pie del Sinaí, para pecar con sus vidas liberadas, liberadas por la verdadera sangre del Cordero de Dios, y fundir con sus manos un becerro en oro para declararlo su libertador, humillando así grandemente el verdadero sacrificio supremo de Jesucristo, por el cual escaparon urgentemente de Egipto. Son estas mentiras las que viven en los hebreos, hoy en día, para seguirles haciendo daño a través de los tiempos, dando vueltas aún alrededor de este cordero fundido en oro al pie del Sinaí y sus derredores, en vez, de dar vueltas alrededor de toda la verdad y justicia infinita del aceptable/creíble sacrificio supremo de su hermano Jesucristo, en Israel. Porque nuestro Señor Jesucristo no solamente murió por ellos y junto con sus dos semejantes hebreos sobre el monte santo de Jerusalén, para fin de sus pecados, sino que también resucitó junto con ellos en el tercer día para vivir la vida eterna, y ésta es la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del más allá. Porque en el sacrificio supremo y creíble de todo Israel, nuestro Señor Jesucristo murió y descendió junto con los dos testigos oculares al corazón de la tierra, para dar testimonio a las generaciones pasadas de todas las naciones de que sólo él es el Hijo de David, el Santo de Israel y de la humanidad entera, para perdón y salvación eterna. Y el testimonio de estos dos hebreos, los cuales acompañaron progresivamente a nuestro Señor Jesucristo sobre el monte santo de Jerusalén, no solamente dio testimonio fiel en el corazón de la tierra, de lo que vieron y oyeron en el día de la crucifixión de su sangre santificadora, sino que también testificaron asimismo delante de los ángeles en el cielo. Y estos dos testigos fieles de nuestro Señor Jesucristo darán sus testimonios individuales en el día del juicio delante de la presencia de nuestro Padre celestial y de cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de cada una de las familias de las naciones de toda la tierra, para cumplir con toda justicia infinita en la eternidad. Y así nuestro Padre celestial, seguidamente, terminara lo que empezó con todo Israel al sacarlos de Egipto, para llevar acabo su gran sacrificio supremo y aceptado de su Hijo amado junto con dos de sus semejantes oculares, los cuales no solamente testificaron en el corazón de la tierra sino también en el cielo, y asimismo testificaran fielmente en el juicio final. Porque los que vivieron alrededor del sacrificio eterno y de sangre santa y salvadora de su Hijo Jesucristo, entonces vivirán para siempre, porque creyeron a la verdad y a la justicia de nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo amando al mundo entero, desde todo lo alto del Moriah, del Sinaí y del monte santo de Jerusalén, para vida eterna. Pero los que vivieron día a día alrededor del sacrificio del cordero fundido en oro, por las manos de los hebreos antiguos que salieron de Egipto, como ídolos e imágenes de piedra, metal, madera y demás, no podrán sostener sus propias vidas delante de Dios y de su Jesucristo, porque sus nombres no están escritos en el libro de la vida. Estos descenderán al mundo perdido del fuego eterno del infierno, en donde el gusano no muere ni se cansa jamás de comer de sus carnes y de beber de su sangre pecadora y enferma, por el pecado de las mentiras de Satanás y de sus malvados de siempre. Pero nuestro Padre celestial no liberó a Israel para matarlo en el desierto, sino para llevarlo a vivir alrededor de su verdadero sacrificio eterno y salvador de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de las naciones de toda la tierra, para que las tinieblas mueran y la luz del árbol de la vida viva en todos infinitamente. Por eso, si nuestro Padre celestial te está llamando a que regreses al lado de su sacrificio eterno de su Hijo amado sobre todo lo alto del Sinaí y del monte santo de Jerusalén, será, pues entonces, para que regreses al paraíso: porque nuestro Señor Jesucristo resucitó en el tercer día, para volver al cielo y a la vida eterna. Porque para estos tres sacrificios de nuestro Señor Jesucristo junto con sus dos semejantes hebreos, como testigos fieles de su vida, muerte y sangre sobre el monte santo de Jerusalén, nuestro Padre celestial libera a Israel para que le sirva cada día y para siempre en la eternidad, como en la vida eterna de La Nueva Jerusalén santa y colosal del cielo. Y, hoy en día, tu nombre está escrito en el libro de la vida, gracias al servicio dado de fe eterna de tu corazón inmortal, mi estimado hermano y mi estimada hermana, alrededor del sacrificio de sangre santa y reparadora de nuestro Salvador Jesucristo, el Hijo de David, para que no mueras jamás sino que resucites bendecido grandemente para la eternidad. Porque para esto nuestro Padre celestial te creó inicialmente en su corazón santísimo y con sus manos gloriosas, para que comas y bebas cada día, para bendiciones sin fin y salud de tu corazón, alma y espíritu humano, del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos infinitamente glorificados en el Holocausto aceptable y creíble de Jesucristo, para que vivas para siempre. Amén. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): "'¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que tenga contacto loving con cualquier animal!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que se acueste con su suegra!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' "'¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!' LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo.. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad.
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